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Los caballeros teutónicos. En el curso del asedio cristiano de la ciudad de Acre, en Tierra Santa, unos mercaderes alemanes fundaron un hospital de campaña dentro del campamento cristiano. Aquel habría de ser el origen, según algunas fuentes, de lo que pocos años más tarde se convertiría en la Orden de los Hermanos del Hospital de Santa María de los Alemanes en Jerusalén o, simplemente, Orden Teutónica. Esto, es una comunidad de monjes-guerreros cuyos freires sintetizaban la caridad cristiana con la agresividad propia de su función bélica. Y, si bien la misión principal de la orden era la de la defensa y asistencia de los peregrinos que pretendieran llegar a Jerusalén, desde muy pronto se estableció en los territorios del Imperio germánico, con cuya dinastía gobernante, los Staufen, estaban estrechamente vinculados. Por su parte, los sucesivos emperadores germánicos vieron en ella un instrumento de enorme valía para la consecución de algunos objetivos políticos. Así, los freires templarios acometieron algunas empresas bélicas de enorme calado, entre las que probablemente destaque la conquista del Báltico, una cruzada justificada por la necesidad de convertir a los habitantes paganos de la región. A ello siguió un periodo de apogeo en el que la orden constituyó un Estado propio cuyo titular, el maestre de la orden, disfrutaba de los poderes y prerrogativas propias de cualquier príncipe o rey. Esto culminaría de forma brusca con el descalabro de los freires en la batalla de Grunwald (1410), herida incurable que dio paso a la decadencia y descomposición paulatina de la orden.
La mayoría de las órdenes militares tuvieron una vida muy corta antes de desaparecer de la historia dejando poco o ningún recuerdo. Las que llegaron a convertirse en grandes instituciones internacionales fueron apenas unas pocas. Parte de la razón que explica el éxito de templarios y hospitalarios reside en que fueron las primeras y, en consecuencia, recibieron miles de donaciones de benefactores cuya caridad no tuvieron que compartir con otras instituciones. Sin embargo, hubo una tercera, y más tardía, orden militar que, sin embargo, sí logró alcanzar gran relevancia y, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en la más poderosa de cuantas hubo: la de los caballeros teutónicos.
Hacia 1190 unos mercaderes alemanes, presentes en el asedio de Acre que llevaban a cabo las tropas cruzadas, construyeron un hospital de campaña en el campamento cristiano. Según la tradición, este fue el origen de lo que conocemos como Orden Teutónica. ¿Qué aportaba como novedad esta nueva institución? Sin duda, su carácter indiscutiblemente germánico, un carácter “nacional” explícito en su propia denominación y que, hasta ese momento, había sido inédito tanto en las órdenes “internacionales” que operaban en Tierra Santa como en las hispánicas de más reciente creación.
A partir del año 1230, la Orden Teutónica fue conquistando y cristianizando Prusia, al tiempo que asumía de facto la autoridad sobre Livonia –territorio que corresponde con las modernas Estonia y Letonia–, al integrar en su organización a los Hermanos Livonios. De este modo, la Orden Teutónica estableció una suerte de “Estado eclesiástico” en el Báltico que sobrevivió hasta el siglo XVI.
En 1211, el rey Andrés II de Hungría concedió a la Orden Teutónica la “tierra desolada y deshabitada” del sureste de Transilvania llamada Burzenland (terra Borza … deserta et inhabitata) para protegerla de los ataques de los paganos cumanos procedentes de Valaquia. Cabe preguntarse, y con razón, por qué confió el rey la protección de la frontera a esta orden.
A principios del siglo XIII el territorio entonces conocido como Livonia (las modernas Estonia y Letonia) fue conquistado por contingentes cruzados que pretendían difundir el cristianismo romano. Al hacerlo, crearon Estados en tierras que, según sus criterios, habían quedado “sin reclamar” pero, de inmediato, chocaron con las aspiraciones políticas de Nóvgorod y Pskov, dos ciudades rusas vecinas y de fe no católica, sino ortodoxa.
Para asegurar su dominio, la orden construyó una red de castillos, con un total de más de doscientos complejos. Servían como sedes administrativas, centros económicos y defensas fronterizas. La arquitectura de estas fortificaciones fue pragmática en su fase inicial; al principio, eran estructuras predominantemente de madera. El método de construcción en piedra, hasta entonces desconocido en estas regiones, se utilizó por primera vez en forma de muros de cortina o para fortificaciones urbanas (por ejemplo, en Riga hacia 1210).
Para 1283 la Orden Teutónica había logrado sofocar las últimas grandes revueltas prusianas y parecía que había alcanzado cierta estabilidad en la zona, después de anexionarse a la Orden de los Portaespadas, o de Livonia (1237), y la de los caballeros de Dobrzyn (1239). No obstante, la orden llevaba más de medio siglo desangrándose, literalmente, en dos frentes (Tierra Santa y el Báltico), lo que había dado lugar a fuertes tensiones internas entre los que querían centrarse en el frente europeo y los que opinaban que la principal labor de la orden debía ser la defensa de la cristiandad en el Levante, en Tierra Santa, a pesar de que se sabía que la situación era desesperada en aquel escenario. Sin embargo, en 1309 se decidió que era hora de cambiar de política.
Lituania y Polonia se unieron en 1386, estableciendo así uno de los Estados con más potencial militar de la Europa central del momento y bordeando completamente los territorios de una orden que, además, con la conversión del nuevo monarca, perdía su mera razón de ser, que era combatir el paganismo. El enfrentamiento entre aquellos y la orden era inevitable y, en el año 1410, tomó forma en la batalla de Grunwald, que culminó en un descalabro completo para los freires teutónicos y supuso una verdadera “herida incurable” de la que jamás llegarían a recuperarse.
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