La crisis de 1967 había demostrado de forma meridiana el grado de volatilidad que había alcanzado la situación en Oriente Medio. El mundo árabe nunca había aceptado la partición de Palestina y el establecimiento del Estado de Israel en 1948, mientras que este no veía motivos por los que su existencia no debiera ser reconocida y salvaguardada. La cuestión fundamental, por tanto, era si se llegaría a algún tipo de acuerdo de paz tras la guerra. Las esperanzas en una solución diplomática eran sombrías: la contundente naturaleza de la derrota árabe no les predisponía a hacer concesiones, mientras que Israel, hasta entonces rodeado por ejércitos árabes hostiles, era reacio a alcanzar compromisos.
Existe un gran consenso historiográfico en considerar que la Guerra del Yom Kippur de 1973 fue un verdadero punto de inflexión en la historia del Egipto contemporáneo porque, la que el régimen se apresuró en definir como una “victoria”, permitió a Anwar el-Sadat apartarse de la alargada sombra de su predecesor, desaparecido trágicamente apenas tres años antes. Si bien es innegable que solo el estatus de “héroe del cruce” (batal al-‘ubūr) permitiría a Sadat realizar sus planes para “el nuevo Egipto” post-nasserista, el presente artículo pretende demostrar que, tanto a nivel de política interna como en un plano internacional, Sadat no solo manifestó ya sus intenciones con anterioridad a la guerra sino que, en algunos casos, es posible trazar una continuidad entre el “Nasser derrotado” posterior a 1967 y las políticas de su sucesor, pese a que hoy buena parte de estudiosos y periodistas –como los partidarios de ambos ex presidentes– sostengan lo contrario.
Cuando estalló la Guerra del Yom Kippur el 6 de octubre de 1973, las FDI fueron cogidas desprevenidas en más de un aspecto. El fracaso de la inteligencia en identificar la amenaza estratégica y operacional en el Sinaí y el Golán supuso que no pudieran desplazar tropas suficientes a los frentes para encarar el ataque. La total confianza árabe en los misiles antiaéreos y contra- arro permitió que se anulara la manifiesta superioridad aérea y la aniobrabilidad terrestre israelíes. Sin embargo, a todo ello se sumaron los errores doctrinales en numerosos aspectos de planificación y ejecución de las operaciones, una “doctrina de combate” que pesó hondamente sobre las FDI. Al menos, el ejército demostró excelencia en un aspecto: extraer lecciones durante la batalla. Así, aunque las fuerzas terrestres habían olvidado cómo emplear las fuerzas acorazadas en conjunción con la infantería, la artillería y demás unidades, se vieron obligadas a aprender la lección de nuevo.
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