La era de las exploraciones y descubrimientos es uno de los momentos clave en la historia de la humanidad. Los viajes que emprendieron por mar desde el siglo XV los navegantes de Castilla y Portugal no solo transformaron radicalmente el conocimiento que los europeos poseían del mundo, sino que, precisamente por ello, marcaron el inicio de la primera globalización con la interconexión de los continentes y, por ende, el inicio de la Edad Moderna. Se trata de una empresa que ha fascinado desde sus propios orígenes, cuando un puñado de marinos se lanzaban a surcar la inmensidad de los océanos en pequeñas naves de madera. La precariedad y la incertidumbre eran constantes en singladuras que los alejaban durante años de sus hogares y del mundo conocido, y de las que pocos regresaron. Estos marinos han sido comparados, con justicia, con los actuales astronautas. Con ocasión del quinto centenario de uno de aquellos hitos, el inicio de la primera circunnavegación del globo, Desperta Ferro presenta este volumen, segundo de los dedicados a la Armada española, que profundiza en los entresijos y las múltiples facetas de la empresa descubridora.
Espectacular vista aérea de la ciudad de Sevilla en 1519 a cargo del artista Arturo Redondo, realizada como parte de los actos de conmemoración del V Centenario de la Primera Circunnavegación por parte del Ayuntamiento de Sevilla, en formato tríptico encartado de 59,7 cm de ancho x 27,3 cm de alto.
Según los cálculos de Pierre Chaunu, hacia el siglo XIII ninguna civilización conocía más de un tercio del planeta –la que más, el Occidente medieval, un 30 % de la masa terrestre y un 4-5 % de los mares–. La pionera expansión ibérica ultramarina comenzó a lo largo del siglo XV, eclosionó en la década de 1490 con hitos que supusieron la toma de contacto de Eurasia con América y el desciframiento de los vientos del océano Atlántico, y, a lo largo de la centuria siguiente, llevó a desentrañar las claves del Pacífico y de las latitudes meridionales del Índico más allá de la influencia de los monzones. La trascendencia de esta “primera globalización” que puso en contacto continuado espacios y civilizaciones antes extrañados mutuamente invita a preguntarse por sus causas. ¿Qué lo hizo posible? ¿Por qué en ese momento y no antes? ¿Por qué Europa? Para ello se han aludido razones de orden intelectual, técnico y económico.
El origen de los descubrimientos españoles tuvo el mismo impulso que mantuvo la Reconquista, que siguió tras 1492. No es baladí que sea este año, clave en la historia de España, el que contenga la entrega de Granada en enero y el descubrimiento del Mundus Novus en octubre. Fue la presencia de Cristóbal Colón en la corte de los Reyes Católicos, en Alcalá de Henares, en las navidades de 1485-1486, lo que motivó el nacimiento del interés por el tema atlántico, especialmente en Isabel. La empresa tuvo que esperar a la conquista de Granada, pero entonces, y una vez que Colón llevó a cabo sus dos primeros viajes, se produjo en Europa una interesante dinámica internacional a tres bandas –los Reyes Católicos, el de Portugal y el papa– que culminó con la firma del Tratado de Tordesillas (1494) y la división del mundo en dos áreas de influencia, una castellana y otra portuguesa.
El mundo de finales de la Edad Media seguía imbuido por no pocas fantasías y sugestiones. Una de las más extendidas implicaba al mar Tenebroso, en el cual se situaban ciertas islas desconocidas de carácter maravilloso que fueron objeto de transmisión oral y, al ser citadas en los libros y representadas en las cartas geográficas, mantuvieron su poder sugestivo hasta comienzos del siglo XVI. En el inicio de la época de los grandes descubrimientos atlánticos sirvieron como incentivo o escala imaginada para acceder a las lejanas tierras del Extremo Oriente. A su vez, partir del siglo XIII se produjo una fructífera convergencia de la ciencia cristiana, la musulmana y la hebrea en diversos lugares de la península ibérica, que provocó un notable resurgimiento científico durante la época bajomedieval. La cartografía no fue ajena a esa situación.
Los marinos ibéricos entablaron el comercio y los intercambios culturales con sus correligionarios del Mediterráneo y el norte de Europa siglos antes de la Época de los descubrimientos. En la Edad Media, a la par que los mercantes de casco redondo de Génova y sus galeras a remo con velas latinas surcaban las costas atlánticas europeas, cocas de casco trincado y un solo mástil, construidas en el norte, enrumbaban hacia el Mediterráneo con sus timones de popa. La confluencia de estas ideas y técnicas náuticas mediterráneas y escandinavas a través del contacto cultural gradual ayudó a estimular el desarrollo de las naves oceánicas ibéricas, carabela y naos, que representaron un avance tecnológico impresionante y llevaron Europa a lo que se consideraba entonces los confines de la Tierra.
La expedición Magallanes-Elcano está considerada como una de las principales hazañas de la humanidad. Aunque su primer objetivo era demostrar que las islas Molucas, productoras de varias de las especias más cotizadas en el mercado europeo, pertenecían a la zona de influencia de Castilla marcada por el Tratado de Tordesillas (1494), finalmente logró, gracias al capitán Juan Sebastián Elcano, circunnavegar la Tierra por primera vez tras recorrer 46 270 millas marinas (85 700 km), en los que empleó, incluyendo las escalas, 1084 días, y reveló que todas las aguas del planeta estaban comunicadas. La expedición al Maluco puso las bases de la primera globalización al mismo tiempo que demostró la unidad del género humano.
La exploración fue una actividad que exigió una logística extraordinaria en la que, a veces, se percibe el poder de un personaje, en ocasiones la potencia de una institución, frecuentemente el impulso de un protagonista, y donde se alzó la rivalidad entre reinos y no faltó la desconfiada vigilancia hacia los protagonistas que actuaban a gran distancia. Fue una acción desarrollada por una administración eficaz, lejos del escenario de los acontecimientos, pero presidida por el rey y sus hombres a título personal o de manera colegiada; también, por una extensión funcionarial constituida por altos cargos y un variado elenco de individuos sobre el terreno (conquistadores, encomenderos, funcionarios, frailes). Todo halló su representación inicial en un magno teatro de operaciones conocido como Nuevo Mundo o Indias Occidentales, mientras que medio siglo después del descubrimiento se hablaba ya de reinos de las Indias, en cuyos horizontes lejanos se hallaban las islas Filipinas.
El descubrimiento de América causó un enorme impacto en diferentes esferas del mundo moderno, incluida la mitológica. En este sentido, hay que tener en cuenta que el mito siempre se refugió en las zonas fronterizas y que, al desplazarse estas al Nuevo Mundo, también lo hizo el mito en el que se incluían historias de seres fantásticos y razas monstruosas; un proceso considerado de traslación que convirtió América en la nueva terra incognita, puesto que en la época medieval había ocupado la India. Este proceso de traslación creó, además, una nueva esperanza para los viajeros que ansiaban conocer aquellas maravillas recogidas en las obras clásicas que no habían logrado ver en Asia, ni en ningún otro lugar que hubieran explorado, al tiempo que se iban creando nuevos mitos y seres monstruosos.
En 1519, Carlos I había autorizado una expedición, la de Magallanes, con 235 hombres a bordo de cinco barcos. Dieciocho de ellos regresaban en una desvencijada nave, la Victoria, después de haber dado la vuelta al mundo. El mando de los supervivientes lo ostentaba Juan Sebastián Elcano, a quien el éxito le proporcionó buenas palabras y un gesto honorífico del rey, pero el premio económico fue para los inversores y el político para la Corona. La explotación del éxito exigía el envío de una nueva expedición, la de frey García Jofre de Loaísa, que debía servir para consolidar la presencia hispánica en las islas Molucas, o de las Especias. Se actuó con celeridad, pero la Especiería demostró hallarse en el fin del mundo, donde los barcos españoles carecían de bases accesibles para su autonomía náutica, y sobre todo para el tornaviaje (la navegación de Asia a América), sin romper los acuerdos bilaterales.
Desde tiempos lejanos, el océano había sido considerado un lugar maléfico y de perdición. En Europa, el Atlántico, en la época medieval, seguía siendo muy misterioso. Unos pensaban que el mundo se acababa en su extremidad; otros ubicaban allí tierras paradisíacas o, al contrario, el reino de los muertos. Cualesquiera que fuesen las interpretaciones, el océano representaba un espacio inestable, y el hecho de embarcarse, para muchos, una locura. Atravesar el océano Atlántico, como hizo Colón, o el Pacífico, como lo intentaron muchos otros marineros a lo largo del siglo XVI, se asemejaba a una verdadera epopeya. Cruzar inmensos mares desconocidos, afrontar el peligro, vivir durante meses sin conocer el rumbo, esperar y rezar para llegar a buen puerto, tal era la realidad de los que se alistaban en los viajes de exploración.
Tras las expediciones de Magallanes-Elcano (1519-1522) y Elcano-Loaísa (1525-1527), que salieron de la península ibérica rumbo a las islas de la Especiería, se hizo evidente que era muy difícil llevar a cabo contactos marítimos con Asia cruzando dos océanos. Esto se debía a que los tiempos de navegación eran excesivamente prolongados y eso resultaba en la descomposición de los alimentos y en la mortandad de las tripulaciones, peligros a los que, además, se sumaban los problemas que la propia travesía representaba. La caída de Tenochtitlan y la fundación de la Nueva España (1521) abrieron la posibilidad de modificar la situación, pues el territorio americano se convirtió en el nuevo punto de inicio de las travesías que continuaron buscando las rutas marítimas hacia las regiones asiáticas. Desde las costas novohispanas se llevaron a cabo diversas travesías y logró establecerse la ruta transpacífica, que permitió llevar a cabo nuevos registros navales y cartográficos que enriquecieron el conocimiento sobre dicho océano.
Fue una de las expediciones más desafortunadas de la conquista de Indias. En ella, el explorador gallego Pedro Sarmiento de Gamboa y la Corona abrazaron una empresa que estaba reñida con los límites de la técnica y la tecnología militar del siglo XVI. Se trataba de la fortificación y población del estrecho de Magallanes; el intento de controlar el canal interoceánico y dividir el mundo en dos mitades para asegurar el dominio español del Pacífico. El sueño de controlar la geografía americana acabó con un bochorno internacional y el drama humano de cientos de pobladores del fin del mundo. En su momento fue considerado un relato tan terrible que apenas ocupa lugar en las crónicas o en la poesía épica.
En el siglo XVI, la Tierra Austral no era una quimera, existía de verdad; el atlas de Abraham Ortelius, de 1570, muestra un poco más de la mitad inferior del hemisferio sur ocupada por una enorme masa verde, en la que se lee “TERRA AUSTRALIS NONDUM COGNITA”, aún desconocida. Esta paradoja formidable, que consiste en representar algo que no se conoce, correspondía, sin embargo, a la certidumbre absoluta de los geógrafos de aquella época. En 1567 partieron a descubrir aquellas islas unos ciento sesenta expedicionarios bajo el mando del joven Álvaro de Mendaña, quien realizaría un nuevo viaje en 1595 con Pedro Fernández de Quirós. Este volvió a internarlo en 1606. No se descubrió la Terra Australis Incognita, pero su búsqueda no fue vana, pues aumentó los conocimientos sobre aquella parte del mundo y la curiosidad de los europeos por saber más. A ella se deben los admirables viajes ilustrados del siglo XVIII.
En 1894, dos de los historiadores más talentosos de Nueva Zelanda, los doctores Thomas Hocken y Robert McNab, teorizaron que la verdadera historia del descubrimiento de Nueva Zelanda estaba todavía por contarse, y escribieron: “Sin duda, antes de Tasman hubo navegantes que visitaron Nueva Zelanda. […] Pensamos justificadamente que en los viejos archivos de Portugal y España hay enterrados diarios que, de encontrarse, proporcionarían relatos sobre Nueva Zelanda anteriores a los que consideramos los más tempranos”. Por parte española hay dos posibilidades. Una es que Nueva Zelanda sea donde naufragó la legendaria carabela San Lesmes de la expedición de Loaísa de 1525. La segunda es que, entre 1576 y 1578, pudo producirse un viaje desde Concepción, en Chile, hasta Nueva Zelanda, por parte del capitán Juan Fernández.
Desperta Ferro Especial Nº XVIII: La Armada Española (II). La Era de los descubrimientos
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