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En este volumen, séptimo ya, dedicado a la legión romana en el siglo V, abordaremos el periodo que se extiende entre la batalla de Adrianópolis, en el año 378, y la deposición del último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, en 476. Corresponde, por tanto, al último siglo de existencia del Imperio romano de Occidente, si bien el número aborda la realidad militar en la totalidad de las dos mitades del Imperio durante el periodo. Unidades militares, formas de combate, mentalidad y vida cotidiana de la tropa, barbarización del Ejército, estructura de mando y algunas batallas particularmente ilustrativas de todo ello serán abordados en este volumen, imprescindible para comprender la realidad del Imperio en vísperas de la catástrofe, así como las razones militares de pudieron llevar a ella.
La centuria que media entre los años 378 y 476 d. C. fue una coyuntura de inmensa relevancia, pues los años finales de este periodo fueron testigos de la desaparición de la mitad occidental del Imperio, y no podemos evitar preguntarnos cuáles fueron las causas de esta “espantosa revolución”. La complejidad de los fenómenos que condujeron a este resultado hunden sus raíces en varios factores pero, sobre todos ellos, la enorme cantidad de amenazas exteriores a las que el Imperio se vio obligado a enfrentarse y la diferencia en las estrategias elegidas por cada una de las dos mitades del Imperio, la occidental y la oriental.
Pocas figuras históricas están tan ligadas al surgimiento de un pueblo como lo está Alarico a la creación de los visigodos, y decimos “creación” con total precisión, pues estos fueron el resultado más importante y perdurable de Alarico. En este apasionante relato, el profesor Soto-Chica narra los pormenores de una de las grandes derrotas de los godos que fue, al mismo tiempo, un gran triunfo de la corte romana y de su adalid del momento, Estilicón.
A pesar de la victoria de los godos sobre las fuerzas romanas y la muerte del emperador Valente en Adrianópolis, a finales del año 378 ningún romano imaginaba que a su Imperio le quedaba apenas un siglo de vida. La Historia de Amiano Marcelino, que termina precisamente con esta batalla, concluye con un consejo para sus sucesores: que escriban la historia al igual que la suya, con un “estilo grandioso”. Y, sin embargo, apenas una centuria más tarde, el último emperador de Occidente había sido depuesto y Britania, Galia, Hispania, África e incluso Italia estaban gobernadas por reyes bárbaros.
El título del documento indica sus características intrínsecas: un listado, catálogo, recopilación oficial de los cargos civiles y militares del Imperio romano a finales del siglo IV y principios del V. El término notitia se refiere a registros completos, exhaustivos y detallados con periódicas puestas al día de aquello de lo que se habla; un anuario informativo del Imperio con carácter oficial para informar global y detalladamente sobre la situación del mismo, de su aspecto administrativo y militar –ubicación de contingentes militares, formación o supresión de estos, movimientos de tropas y cambios ocurridos en ellas, composición del gabinete militar, etcétera–.
Los dos grandes desastres militares que sufrió el Ejército romano en el siglo IV –la derrota del emperador Juliano en Mesopotamia (363) y la de Valente en Adrianópolis (378)– afectaron al Imperio de Oriente. Sin embargo, no solo logró sobrevivir al turbulento siglo V –mientras Occidente se desintegraba– sino que, además, la organización militar que emergió de la década de 380 se mantuvo, con leves modificaciones, hasta bien entrado el siglo VI. La supervivencia de Oriente se debió a su mayor potencial demográfico, económico y fiscal, pero el hecho de que el Ejército supusiera la principal entidad en términos de “empleados”, el consumidor fundamental de recursos del Estado y el que se llevaba la mayor partida de su presupuesto, nos lleva a decir que aquel era en sí mismo el reflejo de la fortaleza o debilidad del Estado en su conjunto.
Aunque las legiones conseguirán sobrevivir y perdurar en la mitad oriental del Imperio hasta al menos el siglo VII, estas unidades irán desapareciendo de forma paulatina de Occidente a lo largo del siglo V en un proceso mal documentado, tanto desde las fuentes escritas como desde el propio registro arqueológico. A pesar de ello, se pueden determinar los principales rasgos que caracterizaron a la legión del siglo V, en la que uno de sus atributos esenciales en lo que respecta a su materialidad es la continuidad de armas y equipo con el siglo precedente.
Los años que distan entre 378 y 476 constituyen una suerte de “zona gris” en nuestro conocimiento de la guerra en el mundo romano. Los romanos siguieron luchando entre sí y contra los bárbaros; libraron batallas campales y plantearon asedios, y muy probablemente también emplearon la guerra de guerrillas. También destacan en este periodo gravísimas derrotas, potencialmente catastróficas, como el saco de Roma en 410 o la conquista vándala del norte de África, aunque también se lograron resonantes victorias como la gran batalla de los Campos Cataláunicos, en 451.
En su libro de 1984, La caída del Imperio romano: las causas militares, Arther Ferril proponía la hipótesis de que la causa principal de la caída del Imperio de Occidente fue la barbarización de su Ejército. Los reclutas bárbaros, según este autor, se incorporaban a él sin estar suficientemente entrenados al modo tradicional, lo que tuvo como consecuencia una merma en la superioridad de los ejércitos romanos sobre los de sus vecinos bárbaros. Esta teoría –que a su vez se apoyaba en la de Edward Luttwak, expuesta en su controvertida obra La Gran estrategia del Imperio romano– no fue muy bien recibida por los especialistas y, en efecto, adolece de errores graves. A pesar de ello, su punto de partida, la idea de que el Ejército tardorromano experimentó una “barbarización” ha alcanzado una inmensa popularidad en la actualidad.
Al observar un mapa del Imperio romano, el emperador Teodosio I (reg. 379-395) percibiría que sus fronteras eran prácticamente las mismas que en su momento de máxima extensión, en el siglo II d. C. Recién unificado bajo una única autoridad por Teodosio, el Imperio se extendía aún desde el mar Negro hasta el estrecho de Gibraltar, y desde las tierras altas de Escocia hasta el mar Rojo. Al igual que sus antepasados, los romanos del Bajo Imperio establecían una correlación entre la estabilidad de su imperium y el poderío de sus ejércitos.
Cuando se afirma que el Ejército romano del siglo V no sobrevivió a los primeros años de la centuria y que desde ese momento la Roma de Occidente dependió del todo o casi por completo de sus federados bárbaros para su defensa, se dejan de lado importantes testimonios que constatan la pervivencia, la operatividad y el poderío del ejército romano de las Galias. Testimonios que, paradójicamente, van más allá de la caída en 476 de la propia Roma y que atestiguan la solidez de unas unidades y de un sistema y unas tradiciones militares cuyos ecos seguían siendo perfectamente audibles en 539, cuando ya formaban parte de los reinos francos.
Corría el año 432 cuando, a unos ocho kilómetros de Rímini, se libró una batalla aparentemente insignificante. Se trataba de una “guerra civil en miniatura” entre Aecio, antiguo comandante en jefe de los ejércitos del Imperio de Occidente, y Bonifacio, antaño al mando del ejército en África y sustituto de aquel en el mencionado cargo. El resultado fue del todo sorprendente: por primera vez en su vida, Aecio, uno de los generales de más éxito del siglo V, fue superado. Pero su rival, Bonifacio, no pudo disfrutar de su victoria, pues había resultado malherido y murió al poco tiempo. Aecio se vio obligado a huir para salvar la vida, abandonó Italia y se entrevistó con el líder huno Rua, quien le ofreció un contingente de mercenarios que empleó para regresar a Italia, exigir ser restaurado en su antigua dignidad y su título de comandante militar, tomar a la viuda de Bonifacio como esposa y exiliar al sobrino de este.
Muchas fueron las causas de que el Imperio romano de Occidente se hiciera pedazos en el siglo V, y no todas ellas de índole militar. Por un lado, se produjo una grave crisis de legitimidad, y el equilibrio de poder en esta parte del Imperio entre la aristocracia senatorial y los burócratas que regían el gobierno era mucho menos favorable a los segundos que en el caso de Oriente. Sin embargo, no hay duda de que, a medida que avanzaba el siglo V, el poderío militar de Occidente se fue reduciendo a una velocidad vertiginosa, y fue precisamente esto lo que precipitó el desenlace final.
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